El tsunami silencioso

Tenemos una amenaza delante que está emergiendo poco a poco. Quizá precisamente porque no llega haciendo ruido, todavía no comprendemos su verdadera dimensión. Pero, si no hacemos nada, acabará cayendo sobre las empresas y sobre la sociedad como un tsunami.

Me refiero a la falta de oportunidades para los jóvenes talentos que terminan sus estudios universitarios o sus programas de máster.

La inteligencia artificial ya está asumiendo muchas de las tareas que tradicionalmente realizaban los profesionales júnior: búsquedas iniciales, primeros borradores, resúmenes, traducciones, preparación de datos o análisis rutinarios. Desde la perspectiva de una empresa, el cálculo a corto plazo resulta comprensible. ¿Por qué contratar a alguien sin experiencia para hacer un trabajo que la tecnología puede completar más rápido y con un coste marginal casi nulo?

Tomada de manera aislada, la decisión puede parecer racional. Como sociedad, podemos estar cometiendo un error estratégico enorme.

No estoy en contra de la IA. Todo lo contrario. La utilizo, creo en ella y veo su enorme potencial. Mi preocupación no es la tecnología, sino cómo decidimos aplicarla.

Aquellas tareas no eran únicamente mano de obra barata. Eran el terreno de entrenamiento donde los jóvenes aprendían cómo funciona una empresa, se equivocaban, recibían feedback, desarrollaban criterio y se convertían progresivamente en profesionales valiosos. Corremos el riesgo de eliminar el primer peldaño de la escalera y preguntarnos después por qué nadie consigue subirla.

Si no permitimos que nadie sea júnior, ¿de dónde saldrán los profesionales sénior del futuro?

Una generación que se siente engañada

Muchos jóvenes hicieron lo que la sociedad les pidió. Estudiaron, aprendieron idiomas, cursaron posgrados y se prepararon para construir una carrera profesional. Durante ese recorrido se les hizo creer que la formación, el esfuerzo y la especialización acabarían abriéndoles una puerta.

Para muchos, esa puerta ya no se abre.

Envían candidaturas y no reciben respuesta. Les exigen experiencia antes de que nadie les haya permitido adquirirla. En algunos sectores se les dice directamente que es casi imposible encontrar trabajo relacionado con aquello que han estudiado.

Lo estoy viviendo muy de cerca en ámbitos como el periodismo deportivo y la traducción. Ambos están siendo profundamente transformados por la tecnología y cada vez resulta más difícil entrar en ellos como joven profesional.

No acepto que la respuesta pueda reducirse a: «Aquí no tienes futuro».

El camino ha cambiado, sin duda. Es más difícil y menos previsible. Pero difícil no significa imposible. Nuestra responsabilidad consiste en ayudar a los jóvenes a comprender las nuevas reglas y a prepararse para competir en este nuevo entorno.

Los conocimientos ya no son suficientes

Los jóvenes graduados suelen tener los conocimientos técnicos. Y, si no los tienen, pueden encontrar gran parte de ellos en pocos segundos utilizando la inteligencia artificial. El conocimiento sigue siendo importante, pero ya no es el único elemento diferencial.

La verdadera ventaja está cada vez más en el criterio, la iniciativa, la comunicación, la credibilidad, la curiosidad, las relaciones y la capacidad de convertir la información en acción. Es decir, la empleabilidad depende más que nunca de las capacidades humanas.

Por eso debemos recordar los básicos:

Después viene lo de siempre: trabajo, esfuerzo, actitud, empeño, perseverancia, integridad, ética y honestidad.

La tecnología cambia las herramientas. No elimina el valor del carácter.

Los seniors también debemos asumir nuestra responsabilidad

Quienes acumulamos décadas de experiencia estamos entre los mayores beneficiarios de la inteligencia artificial. La tecnología nos permite ser más rápidos y productivos porque podemos combinarla con el contexto, el criterio y la experiencia adquiridos durante muchos años.

Esa ventaja genera una responsabilidad.

Si la IA nos proporciona un dividendo de productividad, deberíamos reinvertir una parte en desarrollar a la siguiente generación. Debemos dedicar tiempo a acompañar, explicar las reglas no escritas, exigir, presentar personas y ayudar a los jóvenes a encontrar su propio camino profesional.

Mentorizar no significa hacer el trabajo por ellos. Tampoco garantizarles un puesto ni protegerlos de cualquier decepción. Significa ayudarles a comprender adónde quieren ir, exigirles compromiso, decirles la verdad y, en ocasiones, abrir una puerta. Su talento y su trabajo deben hacer el resto.

Las empresas también tienen que replantearse las oportunidades de entrada. Incorporar y desarrollar profesionales jóvenes no es caridad. Es preparar la sucesión. Es la manera de renovar ideas, construir los futuros liderazgos y evitar que un día despertemos con mucha experiencia arriba, pero con nadie preparado para tomar el relevo.

Los jóvenes aportan energía, preguntas nuevas, intuición digital y otra forma de mirar el mundo. Lo que muchas veces les falta no es capacidad, sino contexto, confianza y una primera oportunidad real.

Hay luz al final del túnel

Creo que existe un futuro para el talento joven, pero no lo construiremos repitiendo las viejas fórmulas. Los jóvenes tendrán que ser más proactivos, visibles y focalizados. Las instituciones educativas deberán prepararlos para el mercado que realmente existe. Las empresas tendrán que preservar espacios donde se pueda aprender. Y los profesionales sénior tendremos que estar disponibles.

No podemos celebrar todo lo que la inteligencia artificial nos aporta mientras ignoramos a la generación que puede quedarse al otro lado de la puerta.

Si retiramos la escalera, no debería sorprendernos que nadie consiga subir.

Los jóvenes nos necesitan. Muchos de nosotros recibimos en su día una oportunidad antes de haber demostrado todo aquello en lo que acabaríamos convirtiéndonos. La sociedad, un profesor, un directivo, un empresario o un compañero confiaron en nosotros.

Ahora nos toca a nosotros. Devolvamos a la sociedad una parte de lo que nos ha dado.
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