No creo que exista una única manera correcta de liderar personas. Cada líder tiene su estilo, su carácter y su forma de relacionarse con el equipo. Diferentes modelos pueden ser perfectamente válidos. Lo importante es que el tuyo sea auténtico, que te sientas cómodo con él y que genere resultados sin traicionar tus valores.
Me recuerda, salvando las distancias, a Marc Márquez. Tiene un estilo de pilotaje propio, prácticamente inimitable. Otros pilotos pueden observarlo e intentar incorporar algunas cosas, pero él pilota así de forma natural. Pilota a suo agio, como dirían los italianos.
Con el liderazgo sucede algo parecido. Podemos aprender técnicas, estudiar otros modelos e incorporar buenas prácticas, pero no podemos interpretar permanentemente un personaje. Cada uno debe encontrar su manera de pilotar.
Primero, el foco
Creo firmemente que no debemos complicar lo que puede explicarse de manera sencilla. Cuanto más claro sea el mensaje, más fácil será que las personas lo comprendan, lo compartan y actúen.
Cuando comienzo un proyecto, lo primero que hago es identificar el objetivo principal. Cada empresa y cada momento tienen un foco diferente. En ocasiones hay que crecer. En otras, debemos crecer priorizando la rentabilidad. A veces no se trata de crecer, sino de consolidar lo conseguido. Y, en determinadas situaciones, el objetivo es ejecutar un turnaround, superar una crisis y recuperar la viabilidad del negocio.
Puede haber objetivos secundarios, pero debemos saber cuál es el prioritario. Si no sabemos adónde vamos, difícilmente sabremos si hemos llegado.
Comunicar hasta generar convicción
Definir el objetivo no es suficiente. Hay que transmitirlo, explicarlo y conseguir que las personas crean en él. Para convencer hacen falta argumentos sólidos, pero también pasión, energía y seguridad.
No tengo ninguna duda de que vais a conseguirlo. Es más: el objetivo ya lo habéis conseguido, aunque todavía no seáis conscientes de ello.
Digo “vais a conseguirlo” porque mi función consiste en fijar el rumbo, guiar, ayudar y facilitar los medios. Pero quienes hacen realidad los objetivos son las personas del equipo.
Trabajo, actitud y perseverancia
No conozco ninguna receta seria para conseguir objetivos ambiciosos que no incluya trabajo, esfuerzo, método, disciplina y constancia. El talento ayuda, por supuesto. Pero el talento sin trabajo difícilmente produce resultados sostenibles.
Hay que ser ambiciosos, confiar en nuestras posibilidades y no paralizarnos ante las dificultades. Si una puerta se cierra, buscaremos una ventana. Y, si tampoco existe, tendremos que encontrar otra forma de entrar.
Dividir el camino y hacer seguimiento
Un objetivo grande puede parecer lejano. Por eso hay que dividirlo en objetivos más pequeños, concretos y medibles. Después llega una parte fundamental: el seguimiento.
Dependiendo del proyecto, deberá ser diario, semanal o mensual. Pero siempre debe ser cercano. No entiendo el seguimiento como una fiscalización distante. Sirve para saber dónde estamos, detectar las desviaciones a tiempo, resolver problemas y ayudar a las personas a cumplir sus compromisos.
Liderar es ayudar a conseguir
El papel de un líder no consiste únicamente en exigir resultados. También debe ayudar, formar, motivar, acompañar, controlar y, cuando sea necesario, empujar.
Cuando una persona no quiere participar en el proyecto o ya no se identifica con él, debemos hablar con honestidad y buscar una solución constructiva. No hay nada peor que permanecer durante años en un lugar en el que uno no quiere estar.
Valores, confianza y delegación
Nada de lo anterior funciona sin unos valores claros: respeto a las normas, integridad, lealtad, franqueza y respeto al papel de cada persona. Cuando existe un problema, debe hablarse cara a cara. Respetar las responsabilidades también es una manera de generar confianza.
Y, finalmente, hay que delegar de verdad: fijar el rumbo, acordar los objetivos, proporcionar los medios y dejar hacer. Confiar en las personas y permitir que cada una desempeñe su responsabilidad.
